miércoles 28 de octubre de 2009

Vae victis!


No todos los días la Audiencia Nacional dicta una orden de detención contra el alcalde de tu ciudad. Imprevisto, impactante, chocante... pero no del todo inimaginable. Hoy mis paisanos salen por radio, prensa y televisión gritando airosos que "todo el mundo lo sabía", pero creedme si os digo que las cosas no son así; cuando pueda intentaré explicarlo. Veinte años de gobiernos en mayoría suelen dar lugar a cosas como estas, pero uno supone que nadie vota a conciencia a un "¡chorizo, chorizo!", como ayer era despedido Bartomeu Muñoz de la Plaza de la Vila. Desde ayer, en los medios de comunicación se recalca que Muñoz es hijo de "el último alcalde franquista de Santa Coloma". Supongo que también lo era antes de ayer (e incluso cuando se presentó a las elecciones en 2003 y en 2007), pero hasta el momento nunca lo había escuchado: cuando algo va mal, siempre podemos recurrir a Franco, a los franquistas... o a sus hijos.

Durante todo el día de ayer intentaba imaginarme qué estaría pensando, sintiendo el hombre que llevaba siendo alcalde de Santa Coloma durante los últimos siete años. Obviando la presunción de inocencia, siempre he pensado que quienes cometen delitos como los que se imputan a Muñoz actúan siempre partiendo de la idea de impunidad: o se saben impunes, o creen que lo serán. No me los imagino acostándose cada noche con el miedo en el cuerpo, ante el temor de ser detenidos al día siguiente. Por eso, cuando llega el momento de la detención, el mundo se les debe caer encima; difícil de imaginar qué se siente al ver que lo que "a mí no me va a pasar" te está pasando. Ser detenido por un guardia civil, ir en furgón policial, dormir en un cuchitril, como un vulgar ratero; no ya ser un criminal, sino que los demás sepan que lo eres. Confío en que, aunque sólo sea por un segundo (justo antes de depositar su fe en el batallón de abogados que tienen a sueldo), sientan arrepentimiento por lo que hicieron. Aunque sólo sea el arrepentimiento de quien se sabe vencido.





miércoles 14 de octubre de 2009

R.I.P.

Mi ordenador ha dicho basta. Después de nueve años en primera línea de combate, ha decidido que su hora ha llegado. Su último acto de servicio lo prestó el pasado viernes, con la lentitud acostumbrada. El sábado ya no quiso encenderse de nuevo: sólo deja que vea la carátula de Windows procesando.

Mi conmoción ha sido grande, claro. Nueve años son muchos años, pero esperaba seguir contando con él; ha sido todo tan inesperado... Uno sabe que ya se ha hecho viejo y que puede pasar cualquier día de estos, pero cuando el día llega, siempre le coge desprevenido. Y con el remordimiento de no haber podido despedirse de él. Es entonces cuando se da cuenta de que nunca le dijo cuánto le ayudaba, y lo útil que era; y se arrepiente de los insultos que le gritaba cuando se quedaba colgado.

Escribo desde el ordenador de mi hermana. Por razones obvias, no sé cuándo volveré por mi blog ni por los vuestros; espero que no pase demasiado tiempo. Si mi ordenador resucita, cual Lázaro, será menos; si tengo que comprarme otro nuevo (¡ay!) será más. Los opositores no tenemos muchos ahorros...

Yo, que me jacto de no ser un adicto a las nuevas tecnologías, imagino ahora con pesar el futuro que me espera. No podré escuchar los programas de radio que almacenaba en mi ipod, ni bajarme los sanguinariamente deliciosos capítulos de la cuarta temporada de Dexter; peor todavía, tendré que quedarme hasta la una de la madrugada para ver en Cuatro los de Perdidos. Cuando empiece dentro de dos semanas la NBA, mi única fuente de información será el teletexto... Lo siento, no puedo seguir. Nunca más volveré a reírme de las desgracias de Enjuto Mojuto: ¡cómo te comprendo, amigo!


martes 6 de octubre de 2009

Los silencios del Palau

Nunca he sido lo que se dice un amante de la música, pero lo cierto es que tengo un especial cariño por el Palau de la Música Catalana. De pequeño, allá por el séptimo curso de la EGB, nos repartieron a los alumnos en pequeños grupos para que visitásemos e hiciésemos un mural sobre las joyas arquitectónicas de Barcelona: la Sagrada Familia, la Pedrera, el Parque Güell... Todo muy gaudiniano; por algo mi colegio se llamaba Antoni Gaudí. A mi grupo nos tocó visitar el Palau de la Música, del que no había oído hablar en mi vida, y del que sólo sabía que lo había diseñado un tal Domènech i Montaner. Supongo que por eso quedé tan sorprendido al visitarlo: pequeño pero hermosísimo, con la famosa claraboya vigilando desde lo más alto. Casualidades de la vida, muchos años después el acto de mi graduación universitaria se realizó en ese mismo lugar. Siendo así, se comprederá que cuando vi los anuncios en los periódicos pidiendo donaciones para restaurar el órgano del Palau, me lamenté de no tener dinero para aportar mi granito de arena. También se comprenderá que, hoy, dé gracias a los dioses por no haber donado unos cuantos euros para el disfrute personal de Fèlix Millet, el saqueador del Palau, al que algunos llaman "el Madoff catalán" y otros, más maledicentes, Fèlix "Bitllet" (billete, en catalán).

Como pasa siempre, desde que se destapó el escándalo estamos asistiendo al espectáculo habitual de la indignación y el desgarrarse la camisa, como si de los fusilados de Goya se tratase. Un compositor reconocido internacionalmente dice que el Palau llevaba años siendo una máquina de ganar dinero que había perdido su alma. Un pianista dice que para actuar en el Palau tuvo que pedir prestado un piano, ya que Millet quería cobrarle demasiado por el de la casa. Articulistas escriben furibundos en contra de la "burguesía catalana" y de la "corrompida sociedad civil". Todos abogan porque se despoje a Millet de la Creu de Sant Jordi que le fue concedida. Todo esto está muy bien, pero a mí me recuerda bastante a la indignación del pueblo marbellí tras las detenciones de la operación Malaya: el mismo pueblo que durante años había dado sucesivas mayorías absolutas a los acusados, a sabiendas de lo que se estaba haciendo. Como a todos convenía, todos callaban.

Millet es sin duda indigno de la Creu de Sant Jordi, pero ¿no lo era ya cuando se le concedió? Millet fue condenado en 1984 por haber propiciado, imprudentemente, falsificación de documentos, y absuelto de un delito de apropiación indebida por el "caso Renta Catalana". Ello no fue obstáculo para que Pujol le designase para dirigir el Palau (¡con el apoyo del alcalde Maragall!, exclaman ahora los convergentes); tampoco lo fue para que Millet fuese vicepresidente tercero de la Fundación del FC Barcelona, presidente de Agrupació Mútua, de Bankpyme y de tantas otras entidades. Estos días se ha sabido, también, que Millet pagó una deuda del Partit per la Independència de Àngel Colom, que hizo donaciones a cierta fundación vinculada a CiU y que, al hacerse miembro de FAES durante el gobierno Aznar, el Palau recibió casualmente una importante cantidad de dinero del Ministerio de Cultura.

¿Es posible que una persona de tanta relevancia pueda estar robando durante veinte años sin que nadie se entere? Quienes hoy denuncian los desafueros de Millet, ¿por qué no lo hicieron antes? ¿Sólo ahora, de golpe, se ha corrompido la "sociedad civil"? Es interesante una entrevista que estos días publicaba un periódico (creo que La Vanguardia), reproduciendo una entrevista hecha a Millet hace unos años. En una de sus respuestas decía que algunos sectores de la burguesía catalana habían optado por el castellano para ganar poder y dinero. No se puede más que reconocer la importante labor de Millet por la normalización lingüística en Cataluña, ya que ha demostrado sobradamente que optando por el catalán se puede ganar tanto dinero, si no más, que con el castellano. Pero especialmente importante me parece otra de sus frases: según Millet, muchísima gente acudía a él sólo para que el apellido Millet figurase junto a su nombre. Ahora imagino que será todo lo contrario; la de esfuerzos que estarán haciendo algunos para que sus nombres no aparezcan juntos en ningún periódico... Esta frase de Millet me recordó la que otro ilustre de las cárceles catalanas, Joan Piqué Vidal, padre del ex ministro Josep Piqué, dijo acerca de Javier de la Rosa: "creía que repartiendo entre todos estaría siempre a salvo".

Maragall acusó a CiU de cobrar comisiones del 3% a quienes contrataban con las administraciones públicas catalanas, pero la acusación se diluyó poco a poco en aras de la concordia estatutaria. El barrio de El Carmelo se hundió, pero gracias a una comisión de investigación parlamentaria supimos que nadie había tenido la culpa; como mucho, algún obrero se pondría a cavar donde no debía. Sería bueno que, aunque sólo fuese por una vez, supiésemos realmente qué es lo que ha pasado con Millet, pero ayer Artur Mas pidió a Montilla que cesen las insinuaciones de corrupción dirigidas a su partido, basadas en los más de 630000 euros que desde 1999 una fundación vinculada a CDC recibió de la Fundació Orfeó Català-Palau de la Música. Pocos días antes, Àngel Colom atribuyó la información sobre las deudas del PI a un intento de manchar al nacionalismo catalán en su conjunto. Hasta quienes reniegan de ello, no pueden evitar ser españoles de pura cepa, y ante una acusación se envuelven en la bandera y echan mano de la teoría de la conspiración. Y es que viendo las predicciones electorales en Valencia, cualquiera niega la eficacia de esa estrategia...

lunes 28 de septiembre de 2009

Fotografías

Siempre me ha fascinado el destino oculto que tienen algunas fotografías. En su momento se hacen y puede que nadie les preste atención, pero al correr los años adquieren una potencia reveladora, profética o simbólica de primer orden. Ahí están, por ejemplo, las fotografías que personas anónimas como nosotros nos hacemos por cualquier motivo banal y que luego, tiempo después, los medios de comunicación exhiben para poner cara a la última víctima de un accidente, de un atentado, de un asesinato. O para revelar el rostro del asesino. Algo similar sucede con las fotografías de jóvenes deportistas que, sólo años después, alcanzan la gloria; es famosa la instantánea en la que un joven Guardiola, por entonces recogepelotas, felicita tras un partido a Víctor Muñoz. En su momento el protagonista de la foto era Muñoz; hoy es Guardiola.

Si una fotografía puede llegar a tener un valor inesperado, no es de extrañar que los políticos sean tan cuidadosos con las fotos que deciden o no hacerse; y, sobre todo, con quién se las hacen. Recordemos esa foto en la que Bill Clinton saluda a una joven que, en ese momento, nadie sabía que se llamaba Monica Lewinski. Stalin sabía del poder de las fotografías, y por eso ordenó borrar de todas ellas a Trostky y demás dirigentes soviéticos caídos en desgracia. Pero hoy día es cada vez más difícil sustraerse a estos recuerdos del pasado.

Quién le iba a decir a un Rajoy sin canas, en noviembre de 1991, que la foto que le hacían, sonriente, con el flamante nuevo alcalde de Benidorm, un tal Eduardo Zaplana, se iba a poner en su contra. Justo después de que la semana pasada calificase de antidemocrática y de suplantación de la voluntad popular la moción de censura que depuso de su cargo al hasta entonces alcalde del PP en Benidorm, políticos y periodistas rivales apelaban a la memoria para hacer de Rajoy el cazador cazado. No es lo mismo, contestan sus seguidores (de partido o de periódico): entonces no había pacto. En eso tienen razón, pero igual de antidemocrático es que un tránsfuga acabe con un alcalde del PP que con un alcalde del PSOE, cuando, como dijo el propio Rajoy, en Benidorm sólo hay dos partidos, y la gente vota claramente para que uno u otro alcance la alcaldía. De matrícula fue la respuesta de González Pons a la pregunta de qué veía en esa foto de 1991: "Veo a dos personas que no quieren que suban los impuestos". ¡Ah, qué grande! Si le llegan a preguntar a José Blanco seguro que hubiese visto a dos personas que están a favor de la guerra de Irak...

Y hablando de Irak, qué decir de la famosa fotografía en la que Donald Rumsfeld choca las manos amigablemente con Saddam Hussein. Por entonces, en 1983, Rumsfeld era el enviado especial a Oriente Próximo del presidente Reagan, y en esa reunión manifestó a Hussein el apoyo estadounidense a Irak en la guerra contra el Irán de Jomeini. Qué cosas: por aquella época Hussein ya era un tirano (laico, eso sí), ya cometía crímenes de guerra y ya oprimía a los kurdos. Por entonces, Ali Hassan al-Mayid ya era primo de Saddam y uno de los hombres fuertes de su gobierno; sólo faltaban cinco años para que fuese mundialmente conocido con el apodo de Alí el químico. A pesar de todo esto y más, dudo mucho que Saddam Hussein pensase por entonces que el hombre que le estrechaba la mano, veinte años después, iba a acusarle a él de tirano, de criminal de guerra y de opresor de kurdos; quizá empezó a pensarlo cuando, el 30 de diciembre de 2006, el verdugo le ataba la soga al cuello.

Pero como de todo se aprende, la tercera fotografía de la que quiero hablar nunca se hará. El 21 de diciembre de 1988, el vuelo 103 de la Pan Am, que había despegado de Londres treinta y ocho minutos antes, explotó en el aire como consecuencia de un atentado terrorista; el hecho fue conocido desde entonces como el atentado de Lockerbie. La investigación conjunta entre las policías británica y estadounidense apuntó como responsables de la masacre a dos altos funcionarios libios. Dos años antes EE.UU. había bombardeado Trípoli y Bengasi, en respuesta a un atentado con bomba en una discoteca berlinesa frecuentada por soldados estadounidenses, y del que también se responsabilizaba a Muamar al Gadafi. El ejército estadounidense llegó a bombardear una de las residencias de Gadafi. Tras las presiones posteriores al atentado de Lockerbie, Libia extraditó a los dos presuntos responsables, de los que sólo Al Megrahi fue condenado. Aunque Libia continuó estando aislada, el cerco se fue relajando poco a poco; compañías occidentales se hicieron con importantes contratos petrolíferos y Gadafi fue dejando a otros líderes el cartel de malo malísimo. Y así hasta el 11-S, cuando Gadafi se mostró contrario al terrorismo internacional y permitió sacar a Libia del "Eje del mal".

La aproximación entre el líder libio y los países occidentales se ha visto reforzada estos últimos días, cuando el gobierno escocés ha liberado a Al Megrahi por razones humanitarias (padece un cáncer terminal), bajo las sospechas de que esta medida no es más que la ejecución de un acuerdo alcanzado en 2007 para facilitar un importante contrato a favor de la petrolera BP. "Coincide" este hecho con la reciente visita de Gadafi a la sede las Naciones Unidas y la polémica suscitada por el deseo de éste de instalar su jaima en pleno Central Park. Tras pequeñas tiranteces, la alcaldía de Nueva York denegó el permiso a Gadafi. No me extraña. Imagínense la foto que se hubiese podido hacer: el hombre que estuvo en lo más alto del top ten del terrorismo mundial durante años, descansando plácidamente en el corazón de NY y, al fondo, hacia arriba, el trozo de cielo que antes tapaban las Torres Gemelas...

lunes 7 de septiembre de 2009

Adiós y gracias, "The shield"

Brutal. Avasallador. Despiadado. Apabullante. Sin concesiones. Todo esto y más no llegaría a expresar con precisión el último capítulo de The shield. Lo vi hace unos días y todavía no me he recuperado: es como un puñetazo en el estómago. Quizá lo mejor que puede decirse es que es un final digno de The shield. Lo cual es mucho decir.

The shield acabó en 2008 tras siete frenéticas y apasionantes temporadas, dejando a sus seguidores con un amargo sabor de boca. Por una parte uno se alegra de que no haya sido una de tantas series que mueren de éxito, prolongándose en el tiempo y agonizando lentamente, despidiéndose cuando la fidelidad del espectador ha llegado al punto crítico. The shield, por el contrario, ha acabado en pleno apogeo. Y precisamente por eso, a uno también le duele saber que todavía había muchas historias que contar, muchos casos que resolver, muchos problemas que esquivar en el distrito de Farmington. The shield podía haber continuado sin ver mermada su calidad. Uno tiene la misma sensación que cuando se retira un futbolista con el que ha disfrutado viéndole jugar: en su fuero interno, teme que ya no pueda haber otro futbolista igual que él.



Hablar de The shield es hablar, por supuesto, del detective Victor Samuel Mackey. Vic Mackey. Si tuviese que identificar The shield con una imagen, esa sería sin duda la de un Vic Mackey cabreado, con un dura mirada perdida en el horizonte, tratando desesperadamente de encontrar la trampilla que le permita salir en el último momento del atolladero en el que se ha metido. Ser Mackey no es fácil: tienes que adelantarte siempre a la jugada de tu enemigo, ir dos pasos por delante de él. El Mackey que trafica con drogas y mata a un policía infiltrado en la primera temporada no es el Mackey que acaba la serie; pero para entonces, la mierda ya le llega al cuello. Mackey y su grupo de asalto están en arenas movedizas: cada vez que intentan salir de ellas, se hunden más rápidamente. Hace tiempo que cruzaron el punto de no retorno. Lo dice el propio Mackey: "en el pasado, y bajo determinadas circunstancias, adopté ciertas decisiones que en ese momento me parecían las más apropiadas y que, vistas hoy, me parece difícil justificar". Michael Chiklis interpreta magistralmente a este policía de las tinieblas que, pese a todo, tiene sus principios... siempre que no colisionen con sus intereses.

Pese a la personalidad absorbente del personaje de Vic Mackey, The shield cuenta con grandes personjes secundarios. Uno de ellos es el de Shane Vendrell (Walton Goggins), el discípulo de Mackey, antiguo amigo y compañero que, inexorablemente, caerá en la tentación de querer matar al padre, como decía Freud. Pero un "paleto tejano" nunca podrá ser el nuevo Mackey. Los otros dos integrantes del equipo de asalto, los detectives Curtis Lemansky y Ronnie Gardocki ganan presencia y complejidad a medida que avanza la serie. Otros personajes que crecen durante el transcurso de la serie, casi hasta alcanzar el rango de co-protagonistas, son los detectives Dutch Wagenbach (Jay Karnes) y Claudette Wyms (CCH Pounder). Ellos son los encargados de resolver los casos más importantes, no a través de chivatazos o patadas en la puerta (de eso se encarga Mackey y sus chicos), sinó por medio del delicado arte del interrogatorio. En eso Wagenbach alcanza cotas de maestría: su habilidad para elaborar complicadas teorías sobre asesinos en serie y violadores de ancianas, corroboradas inexorablemente con los hechos, sólo es superada por la grandiosidad de su ego. Otro de los secundarios de lujo es David Aceveda (Benito Martínez), el ambicioso capitán de policía que espera convertirse en el primer alcalde hispano de Los Ángeles.

Además de este extraordinario plantel, The shield cuenta con invitados de lujo. Así, por ejemplo, los directores Frank Darabont y David Mamet aceptaron dirigir sendos capítulos de la serie. Más estrecha fue la colaboración de dos grandes de Hollywood como Glenn Close y Forest Whitaker. La primera encarna a la capitana Monica Rawling, que pretende imponer una nueva política anti-bandas basada en la tolerancia cero y en la confiscación de los bienes que proceden del dinero de la droga. Pronto verá que las victorias cosechadas en las calles sirven de poco si no están respaldadas por quienes mandan en los despachos. Whitaker, por su parte, es el teniente Kavanaugh, un miembro de asuntos internos cuya máxima aspiración es poner entre rejas a Vic Mackey. Su tenacidad y sentido del deber hacen que uno acabe odiándole y rogando a los guionistas que no vea cumplido su deseo...

The shield es dura, malhablada y violenta. No podía ser de otro modo, teniendo en cuenta que relata el día a día en el distrito de Farmington, uno de los que mayor tasa de criminalidad tiene en la ciudad de Los Ángeles. En The shield, además, nada es blanco o negro: los ideales siempre caen derribados ante la insistencia de la cruda realidad, y si alguien es capaz de resistir a su empuje, lo pasa muy mal. No hay concesiones a lo políticamente correcto. La crudeza del guión va acompañada de un peculiar estilo visual, que puede hacernos dudar en los primeros capítulos pero que acaba convirtiéndose en una seña de identidad de la serie.

Incomprensiblemente, The shield es una serie totalmente desconocida en España. Sólo ha sido programa en algún canal digital y ha pasado desapercibida en las madrugadas de varios canales autonómicos. Yo llegué a ella de pura casualidad: en un programa de radio, José Luis Garci dijo que le habían regalado la primera temporada y que el primer capítulo le parecía la mejor "película" que había visto en mucho tiempo. Por suerte ese día escuchaba la radio. Vostros que tenéis la suerte de no haber visto The shield, hacedme caso: no os decepcionará.

viernes 4 de septiembre de 2009

Pecados cinéfilos

Hace poco, Mr. Ripley hizo alusión en su blog a un libro llamado Sólo para cinéfilos, escrito por Richard Kelly, en el que el autor propone, entre otras cosas, hacer una lista con las diez películas "comerciales" que más nos gustan... pero que nos da vergüenza reconocer. Yo le dije, muy en "serio", que era un buen tema para escribir una entrada, pero como no me ha hecho caso, recojo mi propio guante.

Y es que a uno le puede gustar mucho la fina ironía de Wilder, el suspense de Hitchcock, el existencialismo de Woody Allen, las contadas obras maestras de Ford Coppola y hasta los colores de Krzystof Kieslowski, pero siempre habrá alguna película malísima que, en nuestro fuero interno, ajeno a las miradas de los demás, confesaremos que nos gusta y nos divierte. Como dice uno de los personajes de Volver: "no sé qué me pasa con la telebasura, que no puedo dejar de verla". Así, por muchos y clamorosos fallos de guión que tenga, por inverosímiles argumentos que plantee, por horrendas interpretaciones que tenga, siempre hay alguna película que logra rebasar el umbral de nuestro exigente criterio cinéfilo. Obviamente, no me estoy refiriendo a las típicas películas de sobremesa propias de Antena 3 (la degradación estética tiene un límite), sinó, sobre todo, a esas producciones que Hollywood fabrica como si fuesen hechas en un mismo molde, del que sólo variasen aspectos secundarios.

La primera de mis confesiones, como no podía ser menos, es Demolition man, protagonizada por el inefable Sylvester Stallone y ambientada en un caótico futuro, en el que la ciudad de Los Ángeles puede caer víctima de las garras del temible Simon Phoenix (Wesley Snipes), un criminal recientemente des-criogenizado. Para hacer frente a Phoneix, la policía de Los Ángeles decide descongelar a su vez al hombre que lo capturó, John Spartan (Stallone), un policía eficiente pero de métodos cuestionables. El momento cumbre de la película es aquel en el que Spartan, desconcertado, pregunta a su compañera Huxley (Sandra Bullock) dónde está el papel higiénico, ya que no lo encuentra por ningún sitio; ésta le aclara que ya no existe, y que en su lugar hay que utilizar las tres conchas que tiene a su disposición en el lavabo. Imposible no preguntárnoslo: ¿cómo demonios se utilizarán las tres conchas? En otro momento profético de la película, Huxley le dice a Spartan que una biblioteca se llama Biblioteca Schwarzeneger porque el bueno de Arnold llegó a ser presidente de Estados Unidos. Hoy sabemos que no es presidente porque nació en Austria, que si no...

El segundo de mis pecados cinéfilos es (tápate los ojos, Juan Rodríguez Millán) Con air, estelarmente protagonizada por Nicholas Cage. Qué queréis que os diga, la película es absurda pero entretiene. Sin lugar a dudas, lo mejor es el papel de Steve Buscemi, como hierático psicópata asesino de niños que, sin embargo, logra ganarse un hueco en nuestro corazón. Primero, cuando hace notar la ironía de que los presos canten en pleno vuelo Sweet home Alabama, una canción de Lynyrd Skynyrd, grupo que falleció víctima de un accidente aéreo. O el momento en que el propio Buscemi canta He's got the whole world in his hands, peculiarmente siniestra en la versión doblada al castellano. Vamos, que esta película es todo un clásico.

Menos traumática es la siguiente revelación, ya que tengo la excusa de poder decir que cuando me gustaba esta película era un niño. ¿Y qué le puede gustar más a un niño que poder viajar sin su familia a Nueva York? Por eso vi Solo en casa 2 tropecientas veces, casi hasta rayar el videocasette en el que la grabé (por entonces eso no era piratería). Macaulay Culkin tenía la suerte de poder utilizar las tarjetas de crédito de su familia sin levantar la mínima sospecha, y además encontraba alojamiento en cuanto lo necesitaba; sin contar, claro, con que acababa logrando que detuviesen a los ladrones que tanto le incordiaban. Lástima que, por lo que parece, no haya seguido siendo tan listo en su vida adulta...

En cuarto lugar, en lugar de referirme a una película en concreto, lo haré a un género: el de las comedias románticas de cartón piedra. Ya saben: un poco de ji-ji y ja-ja, un conflicto amoroso entre los protagonistas y un happy end que nos deje a todos contentos. Ya lo dijo alguien: las comedias románticas acaban justo cuando empieza la tragedia, es decir, el matrimonio. No hay ninguna película de este tipo que me haya marcado especialmente (excluyo, obviamente, a las buenas comedias románticas, tipo Cuando Harry encontró a Sally), y es que todas pecan de una previsibilidad y similitud alarmantes, hasta el punto de que uno acaba confundiéndolas entre sí. Hay algunas en que con leer el título sabes cómo va a acabar: en La boda de mi mejor amiga, por supuesto, la mejor amiga y el mejor amigo acabarán casándose, mal que le pese al frustrado novio inicial. Otras requieren que veas los cinco primeros minutos; ese es el tiempo que uno tarda en saber que Julia Roberts y Richard Gere se casarán en Novia a la fuga. El mayor atractivo de este género de películas es que son fáciles de ver, más o menos entretenidas, con una buena BSO y (hay que ser sinceros hasta el final) las protagonistas femeninas suelen estar tremendas.

He dejado conscientemente para el último lugar no a una película ni a un género; más bien, a un mito. Porque si alguien, durante mi infancia y parte de la adolescencia, fue un mito cinematográfico para mí, ese fue sin duda Leslie Nielsen, también conocido como "el hombre del pelo blanco". Leslie Nielsen personifica el humor absurdo, surrealista, sexual y gamberro de películas como Aterriza como puedas, Agárralo como puedas y demás creaciones de Jim Abrahams y los Zucker. Es cierto que llevaban en sí la semilla del mal, y que llevadas al extremo han dado lugar a las deleznables "comedias" actuales en las que el guión queda sustituido por un collage de escenas que intentan parodiar sin pena ni gloria las películas de éxito del momento. Pero no culpemos de eso a Leslie Nielsen, que tantas risas me ha deparado. Una vez le vi en una serie de terror y no podía contener la risa, esperando a que en cualquier momento hiciese una de las suyas. Sirva este recordatorio también de homenaje a unos tiempos en los que lo políticamente correcto no había atenazado todavía la libertad creativa, y en la que los guionistas podían permitirse hacer diálogos que hoy provocarían, como mínimo, multitud de protestas...


El tribunal del jurado

Hoy me he levantado con la alegría de poder leer la cada vez más misteriosa e interesante historia del Arctic Sea, el barco ruso supuestamente capturado por piratas en julio y que, supuesta y muy dudosamente, transportaba madera. No obstante, y sin que sirva de precedente, dejaremos al margen las historias de espías y nos centraremos en el apasionante mundo del Derecho.

En estos días se ha decidido que el juicio a los acusado mayores de edad por la muerte de Marta del Castillo se lleve a cabo a través del procedimiento del tribunal del jurado, a petición del ministerio fiscal y de la acusación particular. La noticia ha sido acogida con una indisimulada alegría, ya que, para ser claros, frente a un tribunal del jurado los acusados van a tener menos oportunidades, como diría Garci, que el general Custer en Little Big Horn. Esta decisión ha sido consecuencia de la revocación, por el Tribunal Supremo, de una sentencia condenatoria dictada por la Audiencia Provincial de Barcelona contra Pedro Jiménez, que violó y asesinó a dos policías, al entender que debían haberse seguido los trámites del tribunal del jurado. Esta decisión del TS ha sido muy discutida en el ámbito judicial, aunque es a todas luces correcta teniendo en cuenta el principio de conexidad entre delitos previsto en el art. 5 de la LO del tribunal del jurado.

En resumidas cuentas, este artículo dice que, cuando se cometen dos o más delitos que se pueden considerar conexos (por ejemplo, por ser cometidos por el mismo autor o autores en el mismo momento), si uno de ellos debe ser juzgado por un jurado popular, el resto también. Un sector de la judicatura, sin embargo, optaba por una interpretación bastante discutible de la ley, y aplicaba el criterio contrario: juzgar todos los delitos por el procedimiento normal. Con la decisión del TS, a partir de ahora, se corre el riesgo de que muchas sentencias sean revocadas por este aspecto formal y tengan que repetirse nuevamente los juicios. Estoy pensando, por ejemplo, en la condena que la propia AP de Barcelona dictó contra dos jóvenes que quemaron viva a una indigente en un cajero, ya que no les juzgó un jurado popular sinó un tribunal formado por magistrados, al considerar (agárrense que vienen curvas) que el delito principal era el delito de daños al cajero, y que el subsidiario era el delito de asesinato. En el fondo de esta cuestión, como es obvio, se encuentra el recelo y la animadversión hacia la figura del tribunal del jurado.

El tribunal del jurado está regulado por la ley orgánica 5/1995, aprobada en desarrollo del artículo 125 de la Constitución. El tribunal del jurado sólo se constituye en los procesos penales, y a diferencia de otros paises, para un número bastante limitado de delitos; en concreto, para los delitos de homicidio, asesinato, omisión del deber de socorro, allanamiento de morada, incendios forestales y la práctica totalidad de los delitos cometidos por funcionarios públicos. El por qué se limita a estos delitos y no se extiende a otros es un misterio que no sé resolver. Llama la atención, sin embargo, que haya jurado para el homicidio (doloso, no imprudente) y el asesinato, pero no, por ejemplo, para la eutanasia, regulada en el mismo título que los delitos anteriores.

El tribunal está integrado por nueve miembros y un magistado de la Audiencia Provincial, que lo preside pero que no interviene ni está presente en las deliberaciones. La función de los jurados es decidir qué hechos consideran probados y cuáles no, si creen que concurren causas de exención, agravación o atenuación de la responsabilidad criminal y, de forma consecuente con lo anterior, emitir un veredicto de culpabilidad o inocencia. También pueden mostrarse favorables a que se tome en consideración la posible concesión del indulto al culpable. En las votaciones, para considerar probado un hecho perjudicial al acusado es necesario el voto favorable de siete jurados, exigiéndose el mismo número de votos para un veredicto de culpabilidad. Los hechos favorables al acusado y el veredicto de inocencia sólo requieren cinco votos.

A favor y en contra del tribunal del jurado se pueden encontrar muchas razones, tanto jurídicas como políticas. En España, la mayoría de los jueces están en contra, y gran parte de los juristas también; de ahí el ámbito tan restringido en el que se aplica. Personalmente estoy en contra. Si cualquiera que sea mayor de edad y sepa leer y escribir puede ser "juez por un día", ¿para qué tenemos que ser licenciados en derecho y superar una oposición quienes queremos ser "jueces para siempre"? Si tan fácil es juzgar, manga ancha para todos. Pero dejando de lado estas rabietas personales, el hecho de que una persona con una nula formación jurídica pueda decidir sobre el futuro de otra es algo que debería ponernos los pelos de punta. Más problemáticos son, todavía, los casos en los que el jurado debe decidir sobre "casos estrella", sentenciados de antemano por los medios de comunicación. El juzgar requiere no sólo la imparcialidad del juzgador, sinó también una mínima resistencia psicológica frente a sentimentalismos o prejuicios más propios de un plató de televisión. Es aterrador imaginarse a los miembros de un jurado ponerse a llorar a moco tendido al escuchar la declaración del acusado, tal y como cuentan que sucedió con la no menos terrorífica absolución de un doble homicida que decidió no hace mucho un tribunal del jurado en Galicia.

En definitiva, creo que la cuestión del tribunal del jurado se puede resolver con una fácil pregunta. Si usted estuviese acusado de un delito, ¿preferiría que le juzgase un tribunal formado por magistrados o por "personas de la calle"?

domingo 2 de agosto de 2009

Estudiando... pero en otro sitio

viernes 31 de julio de 2009

"Habla, memoria" de Vladimir Nabokov

Al comienzo de Risa en la oscuridad, escribe Nabokov: "aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen". La lápida de Nabokov (una lápida, hay que reconocerlo, más grande de lo habitual) nos dice que nació en San Petersburgo en 1899, en el seno de una familia acomodada; que pasó su infancia entre su ciudad natal, la finca familiar y las playas europeas; que durante el ascenso soviético se trasladó a Crimea y, posteriormente, vagó por el exilio en Londres, Berlín y París; que en 1940 se instaló en Estados Unidos, donde dio clases en las universidades de Harvard y Cornell y se hizo un nombre como literato; que en 1960 regresó a Europa, residiendo en Lausana hasta su muerte en 1977. Sin embargo, como él dijo, los detalles se agradecen, y gran parte de esos detalles están contenidos en Habla, memoria.

Habla, memoria es un inusual libro de memorias, integrado por quince capítulos, la mayoría de los cuales fueron publicados como artículos en diferentes revistas estadounidenses, que abarcan el período de tiempo comprendido entre su nacimiento en 1899 y su salida de Europa hacia EE.UU. en 1940. Pero Nabokov no escribe unas memorias lineales, cronológicas, sino que en cada capítulo se demora en la descripción de diferentes episodios o personajes que todavía viven en su recuerdo. Así, Nabokov escribe sobre sus preceptores, o sobre Mademoiselle O. , la institutriz familiar; sobre los veranos en Biarritz, donde conoce a su primera amiga, que recuerda terriblemente a la Collette de Lolita; da cuenta de su amplio linaje familiar, deteniéndose en uno de sus tíos, un diplomático entrañable pero mirado con suficiencia por quienes le rodeaban; o explica el proceso creativo de su primer poema, así como su relación con la lengua rusa ("el miedo a perder o corromper, por influencias extrañas, lo único que yo había salvado de Rusia -su lengua- se me volvió decididamente patológico"). Realmente curiosos resultan los párrafos en los que Nabokov explica sus andanzas como portero de fútbol durante sus estudios en Cambridge.

De entre los diferentes episodios narrados por Nabokov, dos sobresalen por encima del resto. Uno es el de sus amores con Tamara, cuidadosamente perpetrados en las salas más oscuras y menos concurridas de los museos de San Petersburgo; Nabokov tuvo con Tamara algo más que un apasionamento sexual, pero su relación fue interrumpida primero por el trabajo de aquélla, y posteriormente por el exilio familiar. Y precisamente el exilio es el otro gran momento de este libro, cuando Nabokov explica lo que significó para él, con apenas veinte años, tener que abandonar Rusia. Como el niño que sólo valora un juguete cuando se rompe, la melancolía inundó a Nabokov, no tanto por motivos patrióticos como sentimentales: le habían arrancado sus paisajes de la infancia, su vida. Hijo de un opositor al régimen zarista, miembro del Kadet, Nabokov se encontró en el exilio con la incomprensión de los demócratas europeos, que no acababan de ver con malos ojos la revolución soviética y el liderazgo de Lenin.

Tampoco faltan en Habla, memoria las grandes pasiones de Nabokov: la literatura, el ajedrez (plantea un problema ajedrecístico creado por él mismo y que yo me veo incapaz de resolver) y, cómo no, las mariposas. Nabokov dedica un capítulo entero a su temprana afición por los lepidópteros, y cuenta con gran sentido del humor las anécdotas que le han sucedido, en las diferentes etapas de su vida, por llevar un vistoso cazamariposas en la mano: una vez, en su juventud, un soldado soviético quería detenerlo bajo la acusación de comunicarse, a través de movimientos con el cazamariposas, con un buque británico...


En otra de sus obras, refiriéndose a Dickens, escribió: "aunque leáis con la mente, el centro de la fruición artística se encuentra entre vuestros omóplatos. Ese pequeño estremecimiento es la forma más elevada de emoción que la humanidad experimenta cuando alcanza el arte puro y la ciencia pura. Rindamos culto a la médula espinal y a su hormigueo. Enorgullezcámonos de ser vertebrados, pues somos unos vertebrados en cuya cabeza se posa la llama divina. El cerebro no es más que la prolongación de la médula: pero el pabilo recorre toda la vela de arriba abajo. Si no somos capaces de experimentar ese estremecimiento, si no podemos gozar de la literatura, entonces dejemos todo esto y limitémonos a los tebeos y a la televisión. Pero creo que Dickens demostrará ser más fuerte". También lo es Nabokov.

sábado 25 de julio de 2009

Memoria, a secas

Durante los primeros días de la guerra civil, el pueblo de mi abuela permaneció bajo dominio republicano. Una de las primeras cosas que hicieron los milicianos fue echar al cura del pueblo y desvalijar la iglesia. Una de las noches encendieron un fuego a la entrada de la iglesia y empezaron a avivarlo con todo lo que encontraron dentro, especialmente si tenía algún significado religioso. Parece ser que mi bisabuelo estuvo aquella noche en la iglesia, aunque no sé en qué medida participó en los hechos; creo que no fue más que un espectador pasivo. Aunque campesino y "republicano" (sólo entre comillas se le puede aplicar ese término a quién, hasta el momento en que le obligaron a elegir, nada había querido saber de la política), aprovechó un momento de despiste de los milicianos para rescatar del pueblo una tela con la imagen de la virgen del pueblo.

No soy creyente, pero conservo en un cajón de mi habitación esa tela, ahora enmarcada en un verde oscurecido. La virgen tiene en su regazo a un niño, y dos ángeles los protegen en ambos flancos. Es duro pensar que este trozo de tela pudo haberle costado la vida a una persona.



Un día de abril, mi abuela salió pronto de casa rumbo al trabajo en el campo: la misma rutina de cada día. Al volver, sin embargo, se dió cuenta de que no era un día cualquiera: el pueblo estaba lleno de banderas españolas y, en menor medida, falangistas; había gente saludando con el brazo en alto. Había estallado la Victoria.



Cerca del pueblo de mi abuela había otro que se llamaba El Molar, en el que, según parece, las condiciones de vida eran mucho peores de lo habitual por aquella época. En la zona ya se había acuñado una frase lo suficientemente expresiva: "pasar más hambre que en El Molar". Un día, mi abuela estaba con su madre en la puerta de su casa cuando vieron que por el pueblo iba un joven de El Molar pidiendo algo de comida. Mi bisabuela le dijo que esperase a ver si encontraba algo, y entró en la casa con mi abuela.

Los tiempos han cambiado mucho desde la posguerra. Entonces los perros sólo comían los restos de comida que sus dueños no habían querido, y ya se sabe que, donde casi no había para comer, poco era lo que sobraba. La noche anterior había sobrado un plato de gachas en casa de mi abuela, por lo que se lo dieron a probar al perro; no serían muy sabrosas, ya que el can las olió, probó unas cuantas y se alejó cabizbajo, optando por pasar hambre. Cuando mi abuela y su madre salieron de casa, vieron horrorizadas que el joven se estaba comiendo las gachas que ni el perro había querido; cuando se lo dijeron, el chico no parecía muy afectado. "Nunca se me olvidará esa imagen", dice todavía hoy mi abuela. Mi bisabuela le preparó una sopa.



Mientras comían hierbajos, las ovejas de mi bisabuelo se mezclaron con las de otro tipo del pueblo ("un niñato", según mi abuela), y esto no hizo demasiado gracia a este último. Al bajar al pueblo, malhumorado, difundió el rumor (falso) de que mi bisabuelo había estado criticando al gobierno. Cuando semejante acusación llegó a oídos de las autoridades competentes, las órdenes fueron expeditivas: citaron a mi bisabuelo para que acudiese a un pueblo situado a unos quince kilómetros de su pueblo y, allí, lo recluyeron en un calabozo, a la espera de ser juzgado por el presunto crimen que había cometido. Huelga decir que, por aquel entonces, a los presos no les daban de comer, y que era mi bisabuela quien, quince kilómetros de ida y quince kilómetros de vuelta, tenía que ir andando hasta la prisión en la que estaba su marido y darle la poca comida que había conseguido reunir gracias a la generosidad de amigos y familiares. Los presos que no tenían tanta suerte morían de hambre. Así transcurrieron ocho largos meses, hasta que la autoridad decidió ser benévola: si conseguía que tres personas afectas al Movimiento declarasen a favor suyo, quedaría libre. Un tío suyo, un amigo y un (dicen) temible cabo de la guardia civil así lo hicieron, jurando por su honor que mi bisabuelo era una persona decente, buena y honrada, a la que nunca se le ocurriría (¡faltaría más!) criticar al gobierno.



Aquella era una época de relajación en cuanto a la higiene diaria. Mi abuela recuerda entre risas que los hombres escupían al suelo dentro de casa, y que los huesecillos del conejo, una vez depurados de carne, tenían el mismo destino. Vamos, que no había tantos remilgos como ahora. Cuando se vinieron a vivir a Santa Coloma, iban todos los sábados a la plaza del Reloj para limpiarse en los baños públicos. Siguieron haciendo esto durante mucho tiempo, hasta que sus hijos le instalaron una ducha en casa. Por entonces, no pocos edificios contaban con un sólo baño para todos los vecinos. Tal era la escasez, que muchos de quienes habían llegado a la ciudad se instalaban en chabolas próximas al río Besós, para así tener mayor comodidad a la hora de lavar la ropa. Muchos de ellos morirían años después, cuando el río se desbordó.

Al principio, antes de alquilar el piso que para mí siempre será "la casa de los yayos", mis abuelos vivieron con sus hijos (entre ellos mi padre) y algunos hermanos en una chabola que ellos mismos levantaron. Dormían todos en colchones tirados en el suelo. Hoy diríamos que era un piso patera.



Escucho a mi abuela contar sus historias, mientras me como un plato de sus extraordinarias migas (ríete tú de Ferran Adrià y sus tortillas de patatas chips) y no puedo más que pensar con algo de ironía y tristeza en esos jóvenes de mi edad que se lamentan de pertenecer poco menos que a la generación más desgraciada de la historia de España. También pienso en quienes utilizan el pasado sólo para imponerse en el presente. Mi abuela cuenta su vida con resignación y nostalgia, sin rencor ni revanchismo frente a un enemigo que no existe; recuerda lo que ella pasó para que lo sepamos, pero también para que valoremos lo que ahora tenemos.

miércoles 22 de julio de 2009

Una breve rendija de luz

"La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Aunque ambas son gemelas idénticas, el hombre, por lo general, contempla el abismo prenatal con más calma que aquel otro hacia el que se dirige (a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora). Conozco, sin embargo, a un niño cronofóbico que experimentó algo muy parecido al pánico cuando vio por primera vez unas películas familiares rodadas pocas semanas antes de su nacimiento. Contempló un mundo prácticamente inalterado -la misma casa, la misma gente-, pero comprendió que él no existía allí, y que nadie lloraba su ausencia. Tuvo una fugaz visión de su madre saludando con la mano desde una ventana de arriba, y aquel ademán nuevo le perturbó, como si fuese una misteriosa despedida. Pero lo que más le asustó fue la imagen de un cochecito nuevo, plantado en pleno porche, y con el mismo aire de respetabilidad y entrometimiento que un ataúd; hasta el cochecito estaba vacío, como si, en el curso inverso de los acontecimientos, sus mismísimos huesos se hubieran desintegrado."


Vladimir Nabokov: Habla, memoria

viernes 17 de julio de 2009

"Los peores reproches"

Lo he leído esta mañana, pero todavía no me he recuperado. El editorial que hoy El Mundo titula como “Diez magistrados que no merecen ninguna piedad” es de esos que a uno le hacen pensar: no puede ser, ¿pero es que nos hemos vuelto locos?

El nuevo Estatuto de Cataluña nunca ha tenido mis simpatías, para ser sincero; de hecho, no me importa decir que en el referendum voté en blanco. Aún así reconozco que es mejor que el anterior y que no hace falta ser un lince para pronosticar que una sentencia que tumbase el Estatuto sólo daría lugar a una mayor radicalización nacionalista en Cataluña. Con todo, ante un proceso constitucional, las consideraciones políticas deberían quedar al margen y ceder ante argumentaciones puramente jurídicas, además de mostrar respeto por la independencia del TC. Esto es todo lo contrario que hace hoy El Mundo: critica a los magistrados del TC por algo que todavía no han hecho, pero que se teme que pueden hacer.

“Los miembros del jurado que aparecen en la famosa película de Sidney Lumet, Doce hombres sin piedad, tienen en sus manos la decisión sobre la vida de un hombre que puede ir a la silla eléctrica. El veredicto es muy difícil porque los hechos no están claros, pero cumplen con su obligación tras un apasionado debate. La realidad no imita a la ficción, porque los 10 magistrados del Alto Tribunal que tienen que fallar sobre el recurso del PP contra el Estatuto de Cataluña que puede matar a la España constitucional llevan tres años deliberando, sin llegar a ninguna conclusión.”

El Estatuto de Cataluña que puede matar a la España constitucional: otra vez con la misma historia. Y es que el Estatuto catalán es peor que la gripe A para la salud de España, sobre todo después de la anexión de Navarra y el País Vasco (¿o al final no pasó?). En lo que tiene razón El Mundo es en la tardanza en resolver el recurso por parte del TC, un mal general en su actuación pero agravado en este caso, aunque como veremos después no es eso precisamente lo que preocupa a los editorialistas.

“La información que hoy publica EL MUNDO apunta a que los magistrados del Tribunal Constitucional llevan muchos meses trabajando en una sentencia interpretativa, que declararía inconstitucionales unos pocos de los 114 artículos recurridos por el PP, pero establecería unos criterios jurídicos para interpretar los demás dentro de la Constitución.(…) Si el fallo del Constitucional se produce en estos términos, estaremos ante un fraude jurídico en toda regla, ya que no es posible dejar al albur de la interpretación decenas de artículos del Estatuto que contradicen abiertamente y de manera expresa lo que dice nuestra Carta Magna.”

Para entender lo que plantea el editorial, hay que tener en cuenta que se puede hablar de tres “clases” de sentencias del Tribunal Constitucional. Una es la sentencia de inconstitucionalidad, en la que se declara que una ley o alguno de sus preceptos es contrario a la CE y lo expulsa del ordenamiento jurídico. Otra es la sentencia de constitucionalidad, en la que, por el contrario, se declara que la norma impugnada es válida y, por lo tanto, debe producir efectos como tal. Y la tercera es la que se suele llamar sentencia interpretativa, en la que el TC, a la hora de interpretar una norma, señala cuál (o cuáles) es la interpretación constitucional de la norma; la norma, por lo tanto, se declara constitucional única y exclusivamente si es interpretada del modo señalado por el TC. Podría decirse, por lo tanto, que se “prohíbe” interpretar la norma de un modo distinto.

Esto último es lo que El Mundo califica sorprendentemente de “fraude jurídico en toda regla”, obviando la importancia y trascendencia que tiene la función del TC, al que se ha denominado como legislador negativo. El TC expulsa del ordenamiento jurídico normas que son contrarias a la CE pero que, no hay que olvidarlo, han sido aprobadas democráticamente; por eso, la labor del TC es declarar la inconstitucionalidad de una norma sólo cuando esta no se puede interpretar de conformidad a la CE. Las Cortes Generales, o un Parlamento autonómico, son elegidos por los ciudadanos; los magistrados del TC, no. Si una norma se puede entender en un sentido constitucional, su validez debe mantenerse.

“Por ejemplo -para muestra un botón-, el artículo 110, que señala que las normas de la Generalitat prevalecerán sobre las del Estado en materia de competencias exclusivas, lo que supone cuestionar el principio de soberanía nacional que fundamenta la Constitución española.”

Este es el peor ejemplo que podría haber elegido El Mundo. He buscado el tal artículo 110 y dice lo siguiente: “el derecho catalán, en materia de las competencias exclusivas de la Generalitat, es el derecho aplicable en su territorio con preferencia sobre cualquier otro”. ¿Esto es inconstitucional? No. Esto es la aplicación del más elemental principio de competencia: en caso de conflicto, se aplica la norma dictada en el ámbito competencial correspondiente. La propia CE, en la denominada “cláusula de prevalencia” (art. 149.3), lo dice meridianamente claro: “La competencia sobre las materias que no se hayan asumido por los Estatutos de Autonomía corresponderá al Estado cuyas normas prevalecerán, en caso de conflicto, sobre las de las Comunidades Autónomas en todo lo que no esté atribuido a la exclusiva competencia de éstas”. Sólo con leer el tenor literal de la CE (que, por cierto, fue restringido posteriormente por el TC en favor de las normas autonómicas… pero esa es otra historia) es suficiente para despejar las dudas al respecto.

“Si los jueces del Constitucional no llaman a las cosas por su nombre para no quedar mal ante el Gobierno de Zapatero y sus aliados nacionalistas, van a abrir un nuevo periodo de incertidumbre en el que el propio Tribunal tendrá que dirimir durante años continuos recursos contra las leyes y disposiciones de la Generalitat. Más les valdría hacer una sentencia clara y coherente con los principios que han jurado o prometido defender.(…) Estos magistrados no merecen, pues, ninguna piedad y se habrán ganado los peores reproches si, además de hacer su trabajo tarde, terminan haciéndolo así de mal.”

Esto es, para mí, lo intolerable: la difamación y la amenaza. O resolvéis como nosotros queremos, o preparaos. En la mente privilegiada del editorialista de El Mundo, si el TC anula el Estatuto, está cumpliendo esforzosa y dignamente con sus obligaciones constitucionales y patrióticas; si declara que es constitucional, lo hará para no quedar mal con ZP y ERC. Me imagino al pleno del TC temblando ante la posibilidad de desagradar a Carod-Rovira… Así pues, si el TC opta por desestimar el recurso del PP deberá estar preparado para “los peores reproches”. No hacía falta avisar: no esperábamos menos de ellos.

jueves 16 de julio de 2009

"Los ejércitos de la noche", de Norman Mailer

Aunque me tienta escribir sobre las anchoas y la pastuqui, mejor continuemos con las reseñas. Nunca me han gustado las manifestaciones; de hecho, no he ido a ninguna, a menos que contemos como tal la concentración silenciosa ante el ayuntamiento de Pineda de Mar en homenaje a las víctimas del 11-M. Me repelen las manifestaciones, ante todo, porque las aglomeraciones me agobian, ya sean para hacer reivindicaciones o para comprar en las rebajas. Además, no tengo ese fulgor revolucionario y antisistema propio del buen manifestante, ni me gusta que me identifiquen con personas con las que sólo comparto la provisional proximidad de la manifestación. Mi acto colectivo más rebelde fue una sentada en el Departamento de Educación de la Generalitat para exigir que arreglasen de la calefacción del instituto…

Con todo, Los ejércitos de la noche de Norman Mailer, centrado en la Marcha pacifista sobre el Pentágono de 1967, me ha gustado mucho. No soy el único: el libro, que nació de un encargo por parte de una revista, ganó en su día el Premio Pulitzer y el National Book Award. Mailer estructuró la obra en dos partes. En la primera de ellas, en forma novelada, relata la experiencia del protagonista, el propio Norman Mailer, desde que es invitado a participar en los actos de protesta hasta que es puesto en libertad, tras haber provocado su propia detención. Mailer cuenta la participación en los hechos de otros intelectuales de primer orden, como el poeta Robert Lowell o el lingüista Noam Chomsky, y lo hace sin huir de la autocrítica; así, por ejemplo, confiesa en reiteradas ocasiones que una de sus preocupaciones ante su inminente detención era si sería liberado a tiempo de poder regresar a Nueva York y asistir a una fiesta. En la segunda parte Mailer adopta el tono del historiador-cronista para explicar la génesis de la Marcha, su desarrollo, la represión contra los manifestantes y las consecuencias políticas y sociales de la misma (aunque con las limitaciones propias de la inmediatez temporal con la que escribió el libro). Me ha parecido de especial interés las explicaciones sobre la división de la izquierda y las dificultades para convocar una protesta que pudiese aglutinar a los diferentes sectores opuestos a la guerra de Vietnam, desde los pacifistas hasta los partidarios de los disturbios y la desobediencia civil.

Al tiempo de participar en la marcha, Mailer ya era un reputado opositor a la política estadounidense en el sudeste asiático. Poco antes había escrito la novela ¿Por qué estamos en Vietnam?, que había sido vapuleada por la mayor parte de los críticos; aunque fue uno de los mejores periodistas de Estados Unidos, eran constantes sus quejas contra el papel sumiso que los medios de comunicación mantenían respecto al gobierno de Lyndon B. Johnson (LBJ, no confundir con LeBron James). Para Mailer la guerra de Vietnam no era sólo una aberración moral, sinó también un error geoestratégico que podía provocar el efecto que se pretendía evitar: la expansión del comunismo por el sudeste asiático. Mailer veía en Vietnam un paso más del totalitarismo en EE.UU.

En este contexto, la Marcha sobre el Pentágono se presentaba como un importante desafío al gobierno de LBJ, especialmente tras los recientes disturbios raciales en distintas ciudades estadounidenses. El plan de los organizadores era devolver (o quemar) las cartillas de reclutamiento de los asistentes y penetrar en el edificio del Pentágono para tratar de paralizar la actividad en su interior; obviamente, ambas cosas estaban penadas por la ley. Pese al rechazo de los medios de comunicación y el fuerte dispositivo de seguridad organizado por el gobierno (que incluía policías, marshals, reservistas de la Guardia Nacional e incluso paracaidistas veteranos de Vietnam), los asistentes tenían sus propios medios: flores, pistolas de agua y un gas especial que, al rociarse sobre los policías, infundiría en estos fuertes dosis de amor, les obligaría a desnudarse y a hacer el amor. Algunos hippies, incluso, habían planeado el exorcismo del Pentágono: tras rodearlo con una cadena humana, el rito exorcista haría que el Pentágono se elevase varias decenas de metros, empezase a dar vueltas y, con ello, se desprendiese de sus mala vibraciones, con lo que se pondría fin a la guerra… Pese a todas estas excentricidades, lo cierto es que los manifestantes son dignos de admiración. Hoy en día, tras casi cuatro décadas, la guerra de Vietnam es mayoritariamente denostada incluso en los propios Estados Unidos, pero no era así en 1967. Pese al gobierno, los medios de comunicación y la opinión pública, una masa heterogénea formada por cuáqueros, pacifistas, defensores de los derechos civiles, comunistas, hippies, activistas negros… se manifestó en contra de la guerra en la que participaba su propio país; en muchos casos se trataba de brillantes estudiantes universitarios, que no dudaron en comprometer su propio futuro. Mailer, en uno de los mejores momentos del libro, compara a estos ejércitos de la noche con los ejércitos que, un centenar de años antes, luchaban por la Unión contra el sur esclavista.

Para acabar, dos apuntes. Uno de los testigos de excepción de la concentración ante el Pentágono fue el por entonces Secretario de Defensa de EE.UU., el recientemente fallecido Robert S. McNamara. De hecho, Mailer cuenta que durante uno de los momentos de máxima represión contra los manifestantes, los paracaidistas cesaron en su actividad al correr el rumor de que McNamara había llegado al Pentágono. Pues bien, aprovecho esta coincidencia para recomendar fervorosamente el documental The fog of war (se puede ver aquí), dirigido por Errol Morris, una larga entrevista en la que McNamara hace un repaso exhaustivo a su vida política y personal, jalonada de conflictos bélicos.

Y por otra parte, quería enviar desde aquí saludos afectuosos a Jorge Herralde y a la editorial Anagrama. Gracias a ellos he podido hacerme con varias obras de Mailer y con la autobiografía de Nabokov, con la que ahora estoy. Más difícil va a ser, sin embargo, que estos libros aguanten enteros un par de años. Aunque soy extremadamente cuidadoso con los libros (casi diría, siguiendo con Nabokov, que los trato con la diligencia que el buen entomólogo aplica a sus mariposas), Los ejércitos de la noche ya se me ha deshecho casi por completo. Peor todavía es el caso de Oswald. Un misterio americano, que ni siquiera he empezado a leer pero cuya tapa se separó casi por completo del fajo de páginas; un poco de superglue evitó la catástrofe… por ahora. Está muy bien editar libros como estos, pero mejor estaría si no se cayesen a pedazos.

jueves 9 de julio de 2009

Más películas sobre Oriente Próximo: "Múnich" y "Vals con Bashir"

No participo, precisamente, de la simpatía a la causa palestina que es casi unánime en España, pero últimamente he visto varias películas que merecerían la desaprobación de cualquier buen sionista. A la ya comentada Paradise now se han unido estos días Múnich y Vals con Bashir, que aunque no dicen cosas buenas del estado israelí difieren en dos aspectos esenciales. El primero de ellos es que, mientras que Paradise now es una historia de palestinos y sobre palestinos, las otras dos son historias sobre israelíes contadas desde la perspectiva israelí; el segundo, que mientras la cinta palestina aborda el conflicto tal y como se presenta en la actualidad, Múnich y Vals con Bashir se aproximan a dos hechos pasados traumáticos para la sociedad israelí: el secuestro y asesinato de atletas hebreos durante los JJ.OO. de Múnich y las matanzas de palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila.

Con Múnich tenía algunas reticencias, pero me ha parecido una muy buena película. A estas alturas Spielberg no tiene nada que demostrar, pero con Múnich acreditó que, además de uno de los mejores directores vivos, es un tipo valiente. Spielberg se ganó el afecto y reconocimiento judío con La lista de Schindler, y ha afirmado en alguna ocasión que sólo estaría dispuesto a dar la vida por EE.UU. y por Israel; sin embargo, nada de ello fue suficiente para ahorrarle las (consabidas y repetidas hasta el aburrimiento) acusaciones de antisemitismo tras el estreno de Múnich. Más misteriosas son, sin embargo, las críticas lanzadas contra la película por los propalestinos…

En Múnich conviven dos tramas. La primera de ellas es la historia del comando israelí encargado de liquidar a los principales responsables del atentado contra los atletas hebreos. Sin ninguna conexión oficial con el Mossad y el Tsahal, el comando israelí, dirigido por el agente Avner, se concierta con una red criminal surgida durante la época de la resistencia francesa para que le informe del paradero de los diferentes terroristas a eliminar. Pero no se trata sólo de descabezar a Septiembre Negro, el grupo terrorista responsable de la masacre, sino de enviar un mensaje tanto al resto de organizaciones palestinas como a la comunidad internacional: Israel no olvida ni perdona. Así, durante meses, “la cólera de Dios” (nombre en clave de la operación) se desata por toda Europa, abatiendo uno a uno a sus objetivos.

La segunda de las historias corre paralela a la primera, ya que es la progresiva transformación del agente Avner, un hombre al que su madre abandonó en un kibutz y que, desde entonces, cree que su madre es Israel, en palabras de su esposa. Al principio de la película, Avner asume sin rechistar la misión, aunque haya de permanecer alejado de su esposa embarazada durante unos años, y ejecuta los atentados como cualquier soldado en una guerra. Pese a que mantiene vivo el recuerdo de la tragedia, Avner no puede sustraerse a lo terrible de su misión y, poco a poco, su ánimo se consume, además de verse invadido por una terrible paranoia en cuanto a su propia seguridad. De vuelta a Israel, Avner es tratado como un héroe, y a la vez repudiado, por lo que ha hecho. Recibe una felicitación oficiosa por un representante del gobierno, “sin condecoraciones ni discursos”, que asegura que la primera ministra Golda Meir estaría encantada de recibirle, pero que no puede hacerlo “porque no le conoce” (ella en persona le encomendó la misión). La madre de Avner también se muestra orgullosa de él, diciéndole que lo que ha hecho era necesario; Avner le pregunta si quiere que le cuente exactamente todo lo que ha hecho, y ella le contesta tajante: “no”.

Múnich se asemeja en cierta medida a Banderas de nuestros padres, ya que muestra la forma en la que el Estado en guerra utiliza al individuo para sus propios intereses y, una vez que ha exprimido todo su jugo, lo abandona a su propia suerte. Es el gobierno israelí quien ordena a Avner que mate, pero lo hace desligándose de toda responsabilidad y conocimiento respecto al mismo. Spielberg condena la actuación israelí no sólo desde un punto de vista humano, sino pragmático: la venganza sólo ha acarreado más muerte y pánico. El último plano de la película, no por casualidad, muestra unas todavía erguidas Torres Gemelas…




Vals con Bashir es una más reciente creación del director israelí Ari Folman, multipremiada en diferentes festivales y nominada al Oscar como mejor película en lengua no inglesa. A medio camino entre la autobiografía y el documental, el rasgo sin duda más original de Vals con Bashir es ser una película de animación, opción que se muestra muy eficaz a la hora de recrear los recuerdos de los protagonistas, dando lugar a poderosas imágenes de tintes oníricos.

La película parte de la investigación que el propio Ari Folman hace de su participación en la guerra del Líbano durante los ochenta, acudiendo para ello a ex combatientes del ejército israelí. Folman no tiene ningún recuerdo de aquella época, por lo que espera que escuchar a otros contar sus vivencias pueda hacer aflorar sus propios recuerdos (y los de los israelíes en su conjunto, añado yo).

En un principio, la guerra del Líbano tenía por objeto que Israel se apoderase de una franja de seguridad en el sur que le pusiese a salvo de los ataques terroristas. Posteriormente la operación se amplía e incluye facilitar el acceso al poder de Bashir Gemayel. Sin embargo, éste fallece en un brutal atentado que acaba con la vida de una veintena de personas. El ejército israelí marcha sobre Beirut y sitio los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila para que los falangistas cristianos, seguidores de Bachir, los “limpien de terroristas”. El resultado: en poco más de cuarenta y ocho horas, la venganza falangista se cobra un número indeterminado de víctimas (que va desde 800 hasta 3500 personas). En ningún momento intervienen directamente las tropas israelíes, a pesar de contemplar la masacre.

Me ha sorprendido leer una reseña en la que se califica a Vals con Bashir como una película tendenciosa, que silencia la voz de los palestinos, se centra exclusivamente en la culpa (según él, redimida) de los judíos y se exonera totalmente al ejército israelí. Creo que hemos visto películas diferentes. Vals con Bashir es una película sobre israelís, es cierto, pero me parece igual de legítimo que el caso de Paradise now. Con lo que no estoy de acuerdo es con que se exima de responsabilidad al ejército israelí. Antes de las matanzas, son múltiples las escenas en las que vemos un comportamiento, sino cruel, sí indiferente de los soldados israelíes ante sus posibles víctimas; por ejemplo, cuando circulan en tanque sin preocuparse de los destrozos que causan, o cuando para acabar con un coche de terroristas bombardean una calle sin miramientos. Pero es que, en cuanto a la participación de Israel en las matanzas de Sabra y Chatila, la película es meridianamente clara, partiendo de su título, que deja bien a las claras la alianza con Bashir. En la película se muestra a un Ariel Sharon, por entonces ministro de Defensa, que conoce lo que está pasando y no le importa lo más mínimo; más aún, los seguidores de Bashir acaban con los asesinatos cuando un oficial israelí les da la orden de alto el fuego. No creo que para no ser "tendencioso" haya que quemar una bandera israelí o decir que son como los nazis...

Y hablando de nazis. Otro de los aspectos interesantes de la película es que pone sobre la mesa cómo puede afectar a unos soldados, descendientes de las víctimas de la Shoah, el haber contemplado participado pasivamente en un genocidio. Uno de los personajes entrevistados, un reportero de guerra (no sé si real o ficticio), vincula ambos hechos: las imágenes de los refugiados en los campos le recuerdan a fotografías del gueto de Varsovia.



viernes 3 de julio de 2009

Mis escenas favoritas: "El apartamento"

Creo que es imperdonable que hasta ahora no haya traído El apartamento a esta sección. Podría poner muchas excusas, pero no las hay: lo siento, Billy, ya sabes, estoy muy ocupado... Son demasiadas las cosas que me gustan de esta película, incluidos pequeños detalles, como ver a Baxter decir que se ha tomado cuatro copas aunque sólo levanta tres dedos o el gesto que hace la señorita Kubelik antes de poner en marcha el ascensor (bueno, realmente quien me gusta es la señorita Kubelik). Con todo, hay un momento especialmente mágico.

Por si alguien no lo sabe, Baxter cede a sus superiores su apartamento para que puedan pasar un buen rato con sus respectivas queridas, a cambio de un mayor entusiasmo a la hora de recomendarle para ascender en la empresa. Esto es así hasta que Sheldrake, el jefe de la empresa, se entera de todo y pide a Baxter que le deje su apartamento sólo a él. Baxter lo hace encantado, ya que hacer este tipo de favores al jefe es la mejor manera de lograr rápidos ascensos. Un día le entrega a Sheldrake un espejo de mano que éste se dejó en su apartamento. Ya estaba roto cuando lo encontré, dice Baxter. Sí, es que ella me lo tiró, ya sabe cómo son las mujeres… Lo que no sabe Baxter es que la amante de Sheldrake es la guapa ascensorista de la que él está enamorado, la señorita Kubelik.

Llega la fiesta de navidad de la empresa y Baxter está exultante; ha logrado un ascenso y lo quiere celebrar con la señorita Kubelik, a la que pide su opinión acerca del sombrero que acaba de comprarse. Aunque ella le dice que le queda bien, Baxter no está del todo seguro; ella le deja su espejo y Baxter ve su imagen reflejada… en un espejo roto.

Así de simple. Así de complicado. No sé si fue un hallazgo de Wilder o de I.A.L. Diamond, pero la del espejo roto es sin duda una de mis escenas favoritas. Podían haber utilizado cientos de artimañas de culebrón para hacer que Baxter se enterase de lo de su jefe y la señorita Kubelik: un encuentro casual, una confidencia indiscreta, alguien que escucha cuando no debe… Sin embargo, con el espejo roto conseguían dos cosas: que Baxter se enterase de lo que no se quería enterar y una metáfora que explicase el estado de ánimo de los protagonistas. Ya sé que está roto, dice la señorita Kubelik, así puedo verme tal y como me siento.